CONSTRUCTORES DE REPÚBLICAS 2013


Desde que este blog se puso en funcionamiento en 2007 y no por mérito del mismo, sino de la ciudadanía inteligente y harta de tanta represión social y económica, son muchos los republicanos que por fin salieron del armario, miles sus banderas ondeando allí donde la injusticia campa. Este republicanismo enarbola la ruptura democrática, la libertad, la justicia social, la laicidad, la educación y la sanidad pública, gratuita y de calidad, los derechos humanos y también el derecho de los pueblos a su autodeterminación. Porque la solidaridad se construye desde la comprensión mutua y la lucha conjunta contra el enemigo común.

lunes, 28 de febrero de 2022

POLÍTICA DE GUERRA

Vemos todos los conflictos con nuestros ojos occidentales y muchas veces la imagen que queda impregnada en nuestras retinas no logramos procesarla debidamente. Lógicamente no voy a decir que yo sea clarividente en mi intento de obtener conclusiones, ni que mi opinión sea la acertada porque ni tengo toda la información, ni todo el contexto y no puedo dejar de ser subjetiva por mucho que me esfuerce en hacer un análisis crítico y ecuánime. Mi propio contexto histórico me posiciona, pero no tanto en un bando u otro sino en la manera de observar los acontecimientos.

Vaya por delante que soy completamente contraria a la guerra, a las guerras, a todas las guerras que se mantienen vivas o latentes en el planeta y de las que nadie habla, quizá porque quienes las sufren no son altos, guapos, rubios y con ojos azules, ni gestan niños como querubines de los que padres europeos puedan presumir. Cuando Rusia estaba en guerra con Chechenia o Georgia no se oyeron voces de No a la guerra o de debemos acoger a chechenos o georgianos. Puede que las víctimas de esas otras guerras que no ocupan minutos de televisión, no nos atañan y que ante la mirada occidental sean vistas como víctimas de segunda, daños colaterales asumibles de nuestro depredador estilo de vida.
 
La guerra es la peor cara de nuestra miseria moral porque las provocan y las hacen los explotadores en la dudosa paz. Tristes guerras las que se atrincheran en intereses espurios y no en ideales de justicia social. Nos dicen que esto es lo peor que ha vivido Europa desde la Segunda Guerra Mundial, pienso que los muertos, heridos y supervivientes de la guerra de los Balcanes no deben pensar lo mismo.
  
A veces es complejo determinar quien es el culpable del inicio de una guerra, normalmente suele haber más de uno, pero en este caso se postulan a causantes tanto la OTAN como la UE,  quienes encendieron la estopa ya hace tiempo, Rusia solo ha tenido que soplar. Eso me posiciona a favor del gobierno de Rusia? No, pero tampoco a favor del de Ucrania. Y no es neutralidad, ni equidistancia. Putin me parece deleznable y Zelinsky otro tanto, tonto útil, dos tarros de testosterona en las estanterías del supermercado de las estrategias. 

Tanto derecho tiene a defenderse Ucrania como derecho tiene Rusia a preservar una zona donde la OTAN no implante sus bases. Es curioso que los argumentos que se esgrimen para obligar a Rusia a no defender un espacio neutral de protección de sus fronteras no sean aplicados a EEUU, quien durante el siglo XX,  y más allá, se dedicó sistemáticamente a desestabilizar todo el continente americano al sur de su frontera. Golpes de estado, dictadores a sueldo, asesinatos, torturas, expolio económico, experimentos neoliberales, todo para defender su patio trasero del comunismo. Y menos a cuatro rojos revolucionarios y antiimperialistas al resto les parecía normal, el adalid del mundo libre tenía derecho a proteger su perímetro de la “invasión de los soviets”, aunque ya hubieran dejado de existir. Esta guerra hace revivir a un Joe Biden en horas bajas y ha sido la guinda del pastel para el anuncio de Trump de presentarse a las próximas elecciones. La OTAN no puede detener su avaricioso avance a pesar de los compromisos adquiridos y ahora de un modo u otro pagaremos las derivadas del conflicto.

Un termómetro lo encontramos en las series de ficción tanto americanas como europeas, en las  que de un tiempo a esta parte los villanos volvían a ser los rusos y Rusia, después de etapas de malos norcoreanos y chinos. Rusia era un objetivo y la coyuntura ha hecho que sea ahora blanco  del pim pam pum internacional con la aquiescencia de crítica y público. 
 
Lo lamentable de esta guerra es la narración de parte que se está haciendo desde muchos medios, todos interesados, y como cala el mensaje en la gente, más en un momento de auge de la extrema derecha. Parece mentira que nos trasladen un relato propio de la guerra fría, un imaginario donde Rusia es sinónimo de URSS, para que esta sea observada como el enemigo comunista. Así parece ser una guerra entre comunismo y libertad, entre Rusia y Ucrania, como si se tratara de un eslogan de la Ida. Ni Rusia es comunista, ni Putin es comunista, ni Ucrania es libertad, ni Zelensky un adalid de la paz. Pueden preguntárselo a los habitantes del Donbás. Pero no debemos extrañarnos, si en el Reino de España se ha conseguido ver con normalidad a VOX como un partido incluso más demócrata que otros del arco parlamentario, todo es posible, de hecho han sido los medios los que les han sentado en sus peligrosos escaños.
 
Siempre hay que ir a los antecedentes. Hay que preguntarse por qué no ha importado absolutamente nada que durante ocho años Ucrania haya estado bombardeando las repúblicas de Lugansk y de Donetsk. Políticamente no eran territorios rusos, por lo que estaba bombardeando a su propia población. Aun así durante ese tiempo no se oyó alzar la voz de la superioridad moral europea criminalizando a Ucrania y mucho menos se la sancionó. Debe ser porque quién daba las órdenes de lanzar bombas era él mismo a quien habían puesto en el poder derrocando al anterior mandatario. Sin hablar del papel mojado de los acuerdos de Minsk. Recordemos a manifestantes rodeando el parlamento ucraniano, de los cuales había quienes exhibían sin pudor simbología fascista y nazi. Y hablando de esvásticas no podemos olvidar el papel de la población ucraniana durante la Segunda Guerra Mundial y su participación activa a favor del III Reich y como hoy en día eso es asumido con normalidad “democrática”. Igual que olvidamos que unos veintiséis millones de soviéticos murieron para salvarnos del nazismo y que sin ese sacrificio hoy muchos de los actuales anticomunistas no estarían aquí por no dar el perfil de ario puro, o por tener algún defecto físico o mental, o por tener antepasados árabes o judíos en su árbol genealógico. Por aquellos años Estados Unidos tenía a los indígenas americanos en reservas y colgaba a personas negras como si fueran perros de las ramas de los árboles o las esterilizaba para erradicarlas de la faz de su tierra de sueños solo para blancos.
 
Eso nos devuelve al punto de la información, más bien de la desinformación, que sufrimos. Los adalides de la libertad nos prohíben informarnos a través de Sputnik o Rusia Today porque quieren protegernos de sus mentiras, que envenenan nuestras tiernas mentes, pero dejan que impunemente cadenas de todos los países de la unión europea contaminen nuestra opinión, mintiendo y tergiversando sobre cualquier cuestión, sometiéndonos a una sola visión de la realidad, tantas veces poliédrica y cada vez con un tinte más fascista. No hay que ir muy lejos para observar la basura de medios que nos acechan tras las pantallas y que nos sirven sus relatos de parte escorando a la opinión pública a sus posiciones, sin que nadie venga a salvarnos de ellos. Crónicas lacrimógenas y de exaltación patriótica antes de la tragedia enmarcadas en banderas del Batallón Azov, en las que han caído incluso medios que intentamos mantener al margen de la sospecha. Mientras tanto, nos omiten que los partidos comunistas están prohibidos en Ucrania y que en Rusia están en la oposición y bajo vigilancia. O como los movimientos sociales, comunistas, feministas, LGTBIQ+ y anarquistas son reprimidos a uno y otro lado de la frontera que ahora está en disputa. 

En los medios que sufrimos, cada veinte segundos emplean las palabras oligarcas rusos como quien grita que viene el lobo, pero no dicen nada de los lobbys, feroces, que también son oligarquía y que seguro están disfrutando con esta guerra vendiendo armas y servicios de todo tipo. Si tecleas en Google la palabra oligarca la mayoría de entradas hacen referencia a los oligarcas rusos. Si buscas oligarca en el diccionario te remiten a oligarquía, que definen como forma de gobierno en la cual el poder político es ejercido por un grupo minoritario o también como grupo reducido de personas que tiene poder e influencia en un determinado sector social, económico y político. En un ejercicio de honradez se debe admitir que no solo hay oligarcas en Rusia, sin ir más lejos aquí tenemos una buena lista, que hunde sus raíces en el franquismo. Pero, claro, quizá lo veamos así porque seamos comunistas o anarquistas, bueno, o gente de izquierda, o quizá solo progresista o aspirantes a librepensadores. 

Debe faltarnos objetividad a los rojos y por eso vemos con malos ojos que se envíen armas desde todos los países “libres” a Ucrania mientras no se envían a otros lugares del mundo. Un inciso para remarcar que llama la atención que Alemania sin ningún complejo se muestre como actor bélico, armándose y armando. Armas que no se pueden enviar a palestinos o saharauis, porque te dirán que son pueblos sin estado, pero no lo tienen porque no se lo han permitido quienes envían armas a Ucrania para defenderse de Rusia. Consecuencia de etapas coloniales de explotación amoral que en muchos sentidos continua y nadie se rasga las vestiduras, como sí lo hacen por el sometimiento que sufrieron por parte de la URSS las antiguas repúblicas soviéticas. Varas de medir tenemos, que aplicamos como queremos. ¿Pero qué pasa con las guerras que no salen en los informativos y que son contra pueblos con estado, como en el caso Yemen? Yemen lleva desde el 2015 siendo bombardeado en medio de una hambruna exterminadora, con bombas y aviones no solo de Arabia Saudí, europeos también, con minas Made in Spain inclusive. Esas son guerras que no existen, ni nos importan.

Y para acabar de rematar el cínico espectáculo de estos días los países europeos, entre ellos Reino Unido, aparecen en escena concediendo el beneplácito a que sus nacionales vayan a luchar por Ucrania, bueno más bien contra Rusia, cual División Azul. Fascistas del mundo uníos, que ahora sois héroes demócratas por la paz, lástima que haya fascistas en Rusia también, deben tener el corazón partido.  No queda tan lejos el tiempo en que antifascistas fueron a defender al pueblo kurdo del Isis y a su vuelta fueron juzgados y encarcelados, claro, debe ser porque el Kurdistán no tiene estado y/o porque eran antifascistas los brigadistas, terroristas peligrosos para las democracias occidentales. 

Son los estados básicamente los que están enarbolando la bandera ucraniana no tanto por defender al pueblo ucraniano como para debilitar e incluso derribar a Rusia. De momento no veo como en otras ocasiones al pueblo abarrotando las calles pidiendo el cese de la guerra como cabría esperar, máxime habiendo la cuestión nuclear de por medio. Este es un conflicto creado e instrumentalizado para debilitar a un rival cibernético, económico, actor político y con un mercado energético y de materias primas del que no se quiere depender. 

Seguramente los que lean este artículo puedan pensar que me quedo en la superficie y que no aporta nada nuevo, puede que sea así, yo no soy analista simplemente soy una ciudadana harta de tanto vómito mediático. Incluso alguien podrá pensar que soy pro-rusa, pero la verdad es que sería disidente en Rusia, disidente en Ucrania, tan disidente como lo soy aquí. 

Espero que llegue la paz y que tanto la población civil ucraniana como la rusa, como la nuestra, no tenga que sufrir los estragos y consecuencias de una guerra, que pase lo que pase,  será una derrota para las y los que no la desencadenamos.

Libertad para el periodista Pablo González detenido en Polonia a instancias de los servicios secretos ucranianos. Libertad de prensa.

jueves, 10 de junio de 2021

CONCORDIA 78

La palabra de moda ahora es concordia. Es la que ha decidido que triunfará para la historia quien redacta los argumentarios del partido socialista y la palabra que esparcen a los cuatro vientos sus voceros a sueldo, en metálico o en especies, consejeros de lo público y lo privado. Los que vamos teniendo una edad ya sabemos de que otro sustantivo histórico es sinónimo concordia. Se trata de la archiconocida reconciliación con la que curiosamente comparte a su vez los sinónimos acuerdo y arreglo. El acuerdo de unos pocos traicionando a muchos para arreglar la máquina que pinta la línea del continuismo en el tradicional rojigualda marca España. 

O nos toman por desmemoriados o por idiotas, que seguro que también. Los experientes en la materia sabemos que significa reconciliación, un pacto en el que en la más orgullosa tradición del reino español, otrora dictadura, hay un vencedor que redacta las capitulaciones y un vencido que hace ver que firma el acuerdo en igualdad de condiciones, aunque a la práctica renuncie a todas sus demandas o las deposite en el cajón del tiempo. 

Y es que el día de la marmota español es una rueda de hámster donde nos marean para provocar la alucinación colectiva de que el mal mayor es el bien absoluto. Para convencernos de que claudicar es honroso cuando el fin lo justifica, porque en realidad no es claudicación sino la vía correcta que, los que se tienen por representantes de los perdedores, han elegido de motu propio por el bien común. Qué sabremos pobres de nosotros lo que nos conviene. Donde dijeron digo dicen Diego mientras se hacen fotos con los poderes fácticos, invisibilizando la represión e ignorando que a veces confrontar es lo sensato. Pero cuál es el fin, pues eso, poner punto y final a los sueños de libertad con los cantos de sirena del seny, del ahora toca sacar adelante el país,  justo en el momento en que todo podía suceder, salvando a los salvapatrias ajenas y abandonando el rupturismo portador de repúblicas. 

Ahora tenemos un gobierno oficial de Pere Aragonés en coalición con Junts, un gobierno en la sombra con luz, taquígrafos y bendiciones mediáticas de Illa y un gobierno en el exilio que va cosechando éxitos que al llegar a los Pirineos chocan con el ahora no toca, que tanto se criticó antaño y con razón. Trino.

El lenguaje es importante, el lenguaje corporal en algunas circunstancias quizá aun lo es más. Con la clase política que toca sillón nos pasa como a los indios americanos en las películas del oeste, que mientras fumaban la pipa de la paz les iban metiendo en reservas, prueba del nueve de que el hombre blanco hablaba con lengua bífida. Es hiriente que te monten un discurso de concierto mientras sus gestos te desconciertan con su soberbia tras sus maneras de curas melifluos, su condescendencia desde su posición de privilegio de estado, que transparenta su grosera satisfacción ante la que creen jugada maestra para zafarse de la espada de Damocles de Europa. Porque el PSOE, artífice de la venta del milagro de la Transición, sigue explotando la misma vía. Concordia 2021.

Todos los tópicos repetidos y todos los errores que tras ellos se esconden van apareciendo y lo más triste es que parece funcionarles. Hoy decía Iceta en TV3 que los indultos llegarían antes de agosto, justo cuando todo el mundo esté pensando en playa, piscina o terraza y no en procesos de ninguna índole, pura casualidad es también que coincida agosto con el fin de la moratoria de los desahucios. El verano sirve para un roto y un descosido, también fue en agosto cuando el PSOE modificó la supuestamente intocable Constitución para vendernos al Capital. Iceta ha hablado de otro hit de la transición, ha nombrado aquello de cerrar heridas, en falso como en la peor tradición PSOE. Cerrar heridas mientras sangran y supuran, con miles de afectados en primera persona y todo un colectivo de agraviados de centenares de miles de personas, que entienden que de contemplar la vía del diálogo debe ser en igualdad de condiciones y sin renunciar a nada antes de sentarte en una mesa, que ya sabemos de que pata cojea. 

Es muy triste que los que han denunciado hasta la saciedad la transición, como parte del discurso emancipador hacia la república, caigan en el grave error de repetir aquello que tanto han criticado desde una superioridad moral, que ahora rueda despeñándose hacia el precipicio del vasallaje. Entonces fue una ley de amnistía que blindó la impunidad de la dictadura y que sigue barrándonos el paso a los que reclamamos verdad, justicia y reparación para sus víctimas. Hoy son unos indultos que no hacen justicia ni a los presos, ni a los miles de represaliados. Resulta duro decirlo pero desde la prisión no se puede negociar el destino de una gran parte de la ciudadanía a la que no se le puede pedir que olvide sus ideales y tanta humillación. Mirar hacia delante por un supuesto progreso fruto de la reconciliación no trajo nada bueno antes, ni después, las heridas solo deben cerrarse cuando han sanado y no a golpe de hilo censurador y aguja de amnesia.

Y aquí nos quedamos quienes vimos una oportunidad en el Procés, cuando funcionaba de abajo a arriba consiguiendo mover e ilusionar transversalmente a millones bajo la consigna del antifascismo, el progreso y los derechos humanos. Nos quedamos con la misma cara de perplejidad y tristeza, de indignación y pesar de quienes en su día sufrieron la traición de la transición en sus carnes y vieron sus esperanzas republicanas sepultadas en las mismas cunetas aun hoy sin abrir judicialmente. Quienes siempre hemos defendido la vía rupturista no podemos con más trágalas por mucho disfraz de concordia que le pongan, porque hemos constatado por activa y por pasiva que el Reino de España es irreformable a mejor, ya que nada bueno puede tener su origen en un golpe de estado sangriento contra la legalidad democrática. 

Y  ahora no nos queda ni amnistía, ni libertad, eso sí, estatuto de autonomía tutelado, mientras el fascismo campa a su libre albedrío porque las calles siguen siendo suyas, a nuestro pesar, al grito de una y no cincuenta y una, que traducido a su imperial español sería una, grande y libre. 


martes, 8 de junio de 2021

¿QUIÉN JUZGA AL JUEZ?

El poder judicial en los últimos tiempos ha adquirido tal protagonismo que llega a suplantar al legislativo y al ejecutivo sin que salten todas las alarmas. Pasar de una democracia débil a una tutela de la Justicia, tantas veces injusta, es una muestra más de la enfermedad terminal, que está socavando el estado de derecho. La ciudadanía no puede escoger al cuerpo judicial, eso lo hacen los tribunales examinadores. Visto el comportamiento de muchos de sus miembros da por pensar que en el temario no existen capítulos referentes a la ética del derecho y al respeto de los derechos humanos. También parece que olvidaron hacer psicotécnicos para protegernos del ego superlativo de personas que en cualquier momento pueden tener nuestro futuro en sus manos. Porque todas estamos expuestas a sentarnos cualquier día en el banquillo de los acusados por ser antifascistas. 

Los representantes políticos escogidos por los partidos a los que hemos votado han utilizado en demasiadas ocasiones para sus fines a los funcionarios públicos togados. Desde su cobardía política han puesto como escudo a la Justicia y la han utilizado como arma arrojadiza cuando se veían incapaces de hacer aquello por lo que se les paga, dar soluciones políticas a problemas políticos. Desde su soberbia y pensando solo en acceder o mantener el poder, la clase política no intuyó que la cúpula del estamento judicial se sentiría tan cómoda en su nuevo papel, que asumiría el destino del Reino como algo natural. Pero esta no era Salomón, resultó que el instrumento para solucionar la ineptitud y los cálculos electorales de los del bipartidismo, tenía su propia hoja de ruta. Porque sí, las señoras y señores funcionarios, cuyos salarios pagamos con nuestros impuestos, tienen ideas políticas, éticas y religiosas, lo que es normal, el problema viene cuando estas interfieren en su labor, interpretando la ley a través del filtro de su pensamiento. El funcionariado no es inocuo. Así la ley puede verse forzada y tergiversada para dictar sentencias tintadas de un color que casualmente suele mimetizarse con el pantone del ala derecha del Congreso de los Diputados. 

La judicatura forma parte de la élite y no tan solo del funcionariado, de la élite del estado y de la sociedad, se sabe élite y sabe que sus veredictos tienen consecuencias más allá de lo particular y que pueden marcar a personas, colectivos, pueblos y naciones. Y eso es mucho poder. Deshacer el daño que puede ocasionar una sentencia es imposible en la mayoría de los casos, la huella que deja es una marca de por vida, la prevaricación provoca sufrimiento, erosiona la democracia y abona la impunidad. Y nadie juzga al juez. 

En los últimos años hemos visto como las sentencias injustas se han ido sucediendo exponencialmente con total impunidad. La misma injusticia que desde la transición solo afectaba a algunas personas bajo el epígrafe terrorismo, anarquismo o antisistema. Esto parecía no molestar a los demócratas de izquierdas que solo depositaban su voto en una urna cada cuatro años o salían a la calle cuando lo pedían los sindicatos amarillos, porque todo eso no solo les quedaba lejos, si no que creían que se merecían ese trato porque el relato oficial se imponía. Y la situación de indefensión se fue extendiendo y lo que afectaba solo a unos pocos, luego fue a más y a más. Después vino la ley mordaza con su fiesta de la multa. Y las detenciones arbitrarias y las condenas surrealistas salpicaron a muchas de esas personas que durante años habían cumplido con su obligación de votar a la “izquierda” y manifestarse bajo alguna sigla bendecida por sus partidos. 

Ahora la semilla del miedo crece y nos cuestionamos el hacer o decir cosas que hace un tiempo dábamos por sentado que formaban parte de nuestros derechos democráticos y constitucionales y que por lo tanto no deberían tener ninguna consecuencia ni policial, ni judicial. La pérdida de la inocencia nos ha llevado a la autocensura y al acatamiento en la mayoría de las ocasiones de una norma que nos castra como ciudadanía. Y cuando el fascismo crece a marchas forzadas y la vara de medir de la justicia no es la misma para todos, nos encontramos cautivos y desarmados, otra vez. Solo hay que ir a la hemeroteca y ver cuantas agresiones fascistas, algunas hasta con resultado de muerte, no han llegado a recibir condenas ajustadas a los delitos cometidos, si es que han recibido condena alguna. Cuantas veces la justicia ha pervertido el delito de odio a su antojo y para sus fines. Cuantas veces antifascistas bajo diferentes banderas o sin ninguna, defendiendo derechos como el trabajo, la vivienda, la salud, las pensiones, la educación, el feminismo, la libertad de expresión y los derechos humanos han sido víctimas de las fuerzas policiales, de fiscales y jueces aprovechando su posición de poder sobre la vulnerabilidad de una ciudadanía cuya palabra parece no tener ningún valor.  Y si grave es la palabra última de un juez que nos puede quitar la libertad, no lo es menos que algunos miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado tengan un sui generis sentido de lo que es el servicio público; basado en una ideología ultra de patria folklore, que han constatado que encaja perfectamente en nuestro tensado arco democrático, convirtiéndolos en violadores de los derechos humanos sin consecuencia alguna. Y grave es también que la figura del fiscal acabe siendo más beligerante en algunos casos que la de las acusaciones  particulares de grupúsculos varios, más propios de los tiempos del nacionalcatolicismo. 

Las grandes sentencias y escritos de la judicatura que afectan a cuestiones de estado, pero también a personas cuyos derechos han sido menoscabados, se han convertido en páginas y páginas de argumentario político y no de argumentos jurídicos. Terrible realidad. A través de sus palabras este estamento se permite marcar agendas políticas, cuando por otro lado no admite ni una triste crítica a su labor, que entienden como coacción a sus excelsas personas. Lo vivido judicialmente en los últimos años,  por supuesto no solo en Catalunya, ha sido un escándalo clamoroso. El olor a naftalina de algunas togas nos recuerdan al franquismo más chusco, devolviendo los nombres de los fascistas españoles a nuestras calles o retirando los nombres de los demócratas republicanos. Perpetuando monumentos monstruosos como el de Sa Feixina, en Mallorca, bajo el argumento de que las piedras no tienen ideología, pero claro, las piedras no aparecen de la nada, las colocan personas con ideas políticas,  en este caso con ideas genocidas. Una justicia que admite a trámite denuncias de grupos fascistas o integristas religiosos sobre cuestiones que se han votado en instituciones públicas, como ayuntamientos o parlamentos autonómicos, en cumplimiento de la ley vigente, para convertirla en papel mojado fallando a favor de los reaccionarios denunciantes. Recordemos como se inició VOX en esto de la política antes de llegar a las instituciones, como acusación particular de todo lo que oliera a rojo y fuera mediático. Y como colofón el informe del Pleno del Consejo General del Poder Judicial sobre el anteproyecto de la ley de Memoria Democrática, que si a nosotros nos parecía corto, a este organismo le parece que se pasa de frenada, dando amparo al franquismo, sus fundaciones y sus comunidades religiosas, en un derrape democrático que nos aboca a la cuneta del tiempo. 

Toda esta deriva, de un estado donde la división de poderes se difuminó por intereses ilegítimos, alegales e incluso ilegales, ha provocado que cualquiera se sienta autorizado a menospreciar a las víctimas del fascismo y a quienes las reivindican desde sus ideas compartidas. Insultar, golpear y censurar con chulería y desvergüenza, siempre que se cojee de la una, grande y libre, sale gratis. Mientras tanto las personas que reclamamos los derechos de las víctimas del franquismo y la transición, las antifascistas, las defensoras de los derechos humanos de todos aquellas personas que los ven vulnerados, nos vemos atadas y bien atadas, porque nuestra presunción de culpabilidad nos acompaña.


miércoles, 14 de abril de 2021

¿CONMEMORAR O CELEBRAR REPÚBLICAS?




Las que tuvimos la suerte de vivir el llamado Procés desde su ilusionante ascenso a la montaña de la ruptura democrática hasta la cima de octubre de 2017. Las que soñamos con la valentía de la clase política y del pueblo para construir la república catalana. Las que con ese clamor quisimos asentar los cimientos para que las repúblicas de la entelequia España erupcionaran  y arrasaran con su lava un estado sin derecho, que el franquismo ligó a la corona que nos legó.  Las que contemplamos el descenso en forma de intervención de nuestras instituciones, de la ocupación de la Generalitat, de prisión, exilio, juicios, imputaciones, de palos y multas, de humillación y de genuflexión. Las que salimos al hervidero de unas calles tomadas por la transversalidad solidaria sin ser más del 50 por ciento, para volver siendo más del 50 por ciento a nuestras casas a confinarnos más allá del imperativo coronavirus, desmotivados, con la justicia vengándose incluso con quienes se han negado a si mismos. Las que hemos vivido todos estos años hemos visto que la represión funciona, divide, nos empequeñece, nos resigna y nos individualiza volviéndonos conservadores y egoístas. Hemos contemplado que aquí la democracia es solo un papel que lo aguanta todo y que solo es efectiva en su monopolio de la violencia cuando tiene que reprimir a los que quieren devolverle su significado.

Y por qué en el aniversario de la República empiezo hablando del Procés, pues como ejemplo de que debe ser el pueblo el que elija a sus representantes para sus revoluciones, pero también el que no debe dejar la batuta a quienes tras desobedecer se vuelvan obedientes acatando el imperativo del estado, porque ese es el final del camino para cualquier reivindicación prohibida por el sistema. Porque la República tiene un precio y debemos preguntarnos si estamos dispuestos a pagarlo. 

Un día de abril de hace 90 años se proclamó la II República y también la República Catalana. La gente que salió a la calle de manera espontánea y pacífica a celebrar que el rey cogió su maleta con destino a su exilio fascista, estuvo a la altura del reto que significaba el nuevo período de conquistas sociales. Esa misma gente supo dar la cara cuando los conspiradores armados se levantaron contra la voluntad popular poniendo todo, hasta sus vidas, al servicio de la defensa de la legalidad republicana. Damos por supuesto desde nuestros sillones que era lo que tocaba en aquel momento, pero hemos de preguntarnos que hubiéramos hecho de haber estado allí, si nos hubiera tocado comprometernos, defendernos y poner en riesgo lo que más amamos. Siento ser negativa pero creo que la guerra hubiera acabado antes de empezar. Y no me vale el argumento de que en aquel entonces poco tenían que perder como si ahora no hubiera un proletariado explotado, aunque sin conciencia de clase, cada día más precarizado y excluido. Y no me vale el argumento del aburguesamiento tampoco, porque la pequeña burguesía progresista peleó por la República y pagó un precio por ello. Delante de mi pantalla tengo que confesar, que hoy por hoy, tiempo de mordazas represivas, yo sola no daría un paso hacia una república efectiva, tampoco con un entusiasta grupo reducido, ni tan siquiera con una masa que no fuera sacrificada, incansable, perseverante, incombustible, solidaria y monolítica en la batalla contra el Régimen del 78. Es muy triste ver adalides de causas nobles desaparecer tras los muros de las prisiones; ver invisibilizadas acciones, reivindicaciones y batallas por tantas conquistas que tenemos por delante por falta de altavoces; señaladas y criminalizadas tantas luchas justas y dignas por unos medios de comunicación infectos y serviles; estigmatizadas ideologías como en tiempos que jamás nos abandonaron, mientras el fascismo crece porque ha sido bendecido por el sistema como una opción más del arco democrático con el que nos disparan sus flechas envenenadas de la banalización del mal. 

Ahora solo una pequeña minoría sigue estando al pie del cañón de causas que construyen democracia asumiendo todas las consecuencias ante un estado vengativo que amordaza y sanciona. Sigo siendo defensora de la idea de que la mecha del cambio la prende un grupo reducido, pero también de que si no hay un grupo mayor que custodie el recorrido de la llama hasta la detonación de las barreras impuestas a nuestros derechos, lo único que nos queda es la sensación de revolución sofocada como contenedor apagado. Fuegos artificiales hemos tenido en los últimos tiempos pero una vez se acaba el espectáculo de luz y color volvemos a nuestros móviles, nuestras pantallas planas y a las series que nos dicen como va a ser nuestro futuro. No nos flagelamos de más porque nos decimos que por lo menos tenemos conciencia de lo que va mal e incluso una idea formada de lo que se debería hacer, eso sí, para pelearnos de nuevo con los que compartimos más de lo que nos separa. Y así vamos pasando los días hasta la derrota final, si no ponemos remedio. 

La máxima cuanto peor mejor como espoleta para la regeneración democrática en el estado español es contraproducente, porque cuando llega lo malo lo hace para quedarse, gobierne quien gobierne. Y más triste es que cuando gobierna lo que ahora llaman izquierda, según los depreciados baremos actuales, su indecencia hace que nuestra frustración alcance cotas estratosféricas. El PSOE ha sido un submarino del Régimen torpedeando la línea de flotación de la izquierda. No hay partido más defensor de la transición y de su constitución, de su ejército, su corona y su Iglesia, y nunca viven mejor estas subvencionadas instituciones que cuando gobierna el PSOE. Pervertidas sus históricas siglas no se sabe qué fue primero, si el nuevo PSOE o la transición, en cualquier caso, sus orígenes están contaminados de olvido indecente, mentira, injusticia y venta al mejor postor. Son la coartada de la transición y ésta su coartada en el crimen imperfecto de nuestra democracia, y el organigrama actual coronado por el jefe de los ejércitos es en esencia la justificación de su existencia, de ahí su defensa sin cuartel de la monarquía. Y se aferran a ese período para ellos glorioso, el del continuismo del franquismo en los estamentos del estado, torturadores y asesinos incluidos, premiados y condecorados. Y escupen a la cara de los socialistas fundadores de un partido centenario.

Cuando los que han quedado etiquetados como 15M acusaban y denunciaban al partido socialista del bipartidismo, éste, ladino le respondía que se presentara a las elecciones para llegar a las instituciones, se lo decía como el escorpión a la rana. Eso los sacó de las plazas y los llevó a los ministerios y a cambio de firmar unos acuerdos que no se han respetado, el PSOE ha convertido en extrema izquierda a los socialdemócratas para poder seguir llamándose ellos izquierda. Lo que es incomprensible es que haya gente de izquierda que siga incluyendo al PSOE en su club y llamen extrema derecha a partidos de centro derecha que están más a la izquierda que el actual PSOE. Así los que en un inicio no querían banderas republicanas en sus mítines y luego las abrazaron como signo identitario, se han visto formando parte de la corte de la transición, que protege a la monarquía como principio de la supervivencia de su statu quo. Víctimas de la trampa del más vale algo que nada, puestos en la picota, le dan una pátina de progresía a un PSOE que ni es de izquierdas, ni republicano, ni progresista en lo social y que por supuesto no está por la verdad, la justicia y la reparación más allá de ir a poner flores bicolores a expresidentes de la República. 

Quizá me está quedando un texto bastante deprimente para un abril de conmemoración pero la verdad es que lo que veo desde mi ventana es auge del fascismo, represión del estado, injusticia, pobreza invisibilizada, cortesanos y vasallos, ejército franquista, Iglesia inquisidora y ladrona, masas adormecidas, autocensura, miedo, medios de propaganda neoliberal y franquistas, capitalismo despiadado, buitres de todo tipo y muchas más tristezas que no alcanzo con la vista. Alguien diría que este panorama es el mejor para el advenimiento de una república que nos salve de tanta miseria, pero para eso tendríamos que tener el valor de deshacernos de las mordazas y de pagar el precio que conlleva tan loable objetivo. 

Para que no me tachen de derrotista decir que es cierto que no hay manifestación que apreciemos en la que no ondee una bandera tricolor, devolviendo a la vida sus colores más allá de estudios académicos, históricos o políticos. Retomando un significado que siempre han querido enterrar tan profundo como a los que las enarbolaron un 14 de abril de 1931 y permanecen en las cunetas de esta gran fosa llamada Reino de España. Hoy en día la república burguesa de 1931 sería considerada tan revolucionaria como lo fue para los que conspiraron contra ella, porque sus asesinos son los que todavía rigen nuestros destinos. A este paso la pregunta es si estamos dispuestos a romper con el Régimen o si nos veremos celebrando centenarios en la clandestinidad.  

Por todas las repúblicas sembradas que esperan germinar en una primavera de derechos y libertades. 


martes, 23 de febrero de 2021

REFLEXIONES DE UNA "ROJA DE MIERDA".

Estos días de manifestaciones en las calles de Catalunya por la libertad de Pablo Hasél estalló la rabia, que con tanto esmero han sembrado quienes roban el futuro a una juventud que no tiene nada que perder.  Unas manifestaciones que van mucho más allá de la defensa del rapero, algo tan evidente que por eso deben tapar con el manto de miopía de los medios, enseñando cadáveres de contenedores como si fuera un genocidio de plástico por el que rasgarnos las vestiduras de demócratas. Una lista de caídos por su basura, la legislada, aprobada y por sus promesas de derogación, que se pasan por la trituradora del sistema. Indecentes titulares de violencia, aplicada a objetos mientras las personas objeto de ésta siguen siendo invisibilizadas y criminalizadas como siempre. La mordaza sigue ahogando sus voces.

Ese despertar de gritos en las calles en medio de una pandemia vírica y de fascismo era lo que pretendía Hasél cuando decidió ir a prisión como preso político de firme militancia. Solo espero que como otros despertares que hemos vivido no sean flor de un día. Espero por él que su sacrificio y la campaña de desprestigio que está viviendo, en el todo se vale de la mediocre prensa vasalla del Reino de España, no se traduzca en el fundido a negro en el que se convierte la vida de quien entra en la cárcel. Laberinto de instituciones penitenciarias donde impera la ley del silencio sobre lo que allí acontece. La campaña de acoso y derribo llega a todo lo que huele a antifascismo y estos días también Alfon se ha tenido que defender de las sucias acusaciones publicadas en la portada de ABC de delitos que no ha cometido. Difamar en titulares es gratis, tan solo y con suerte la persona vilipendiada obtendrá una rectificación en un lugar recóndito del diario, que no leerá nadie.

Y en esas calles donde se vacían ojos con balas de foam, se abren cabezas, se utiliza la porra con rabia al gravísimo grito de rojos de mierda en perfecto castellano por parte de la policía del estado español afincada en Catalunya, sigue ardiendo la hoguera de la indignación de los que no pueden estudiar, ni trabajar, ni emanciparse, ni ser sujeto activo y determinante en el juego amañado de la plena democracia española de Sánchez. Un espejismo que el PSOE de Suresnes, ese que renegó del  marxismo y disfrazado de izquierda se comió sus siglas para regurgitarlas cubiertas de liberalismo y desvergüenza, de cloacas negras y pestilentes con contador de muertos, de corrupción, de mentira y vulneración de derechos humanos. Un espejismo que sus socios de gobierno, los que venían de corear en manifestaciones lo de PSOE y PP la misma mierda es, querían asaltar cielos, romper candados forjados en dictadura, los republicanos que van a los actos reales, lo hacen bueno mientras son apuñalados por la espalda.  Esa es la democracia plena de quienes incumplen sus promesas electorales, sus pactos de gobierno y lo que haga falta con la mirada puesta en el poder absoluto como en los añorados tiempos de González. Ese consejero de lo privado que vestido de pana nos vendió el humo de la socialdemocracia española, gaseados de amnesia histórica para hacernos olvidar de donde veníamos y borrar las huellas que debíamos seguir para crecer como sociedad democrática. De aquellos humos esta densa niebla imantada que no hay quien atraviese ni con la brújula de la verdad, la justicia y la reparación.   

Después de unas elecciones catalanas en que los votos independentistas suman más del 50 por ciento irrumpe en el escenario un nuevo actor al que nadie ha votado, un peligro democrático que demuestra que a los que no han ganado no les hace falta hacerlo en las urnas porque son poder fáctico que se impone como estado policial. Esa es la madurez democrática de este país donde los políticos presidenciables salen a la palestra a lavar la cara a unas fuerzas policiales desmandadas, apoyando actitudes chantajistas totalmente inadmisibles como la amenaza de ingobernabilidad de un cuerpo policial, el señalamiento de fuerzas políticas antifascistas, golpeando a sus cargos electos. Lo hacen en rueda de prensa y acorralando a manifestantes en una orgía de golpes, en una lluvia de patadas, puñetazos e insultos que nunca brindan a quienes hacen apología del fascismo, a la ultraderecha o a los negacionistas de alto standing. Y luego viene la fiscalía y lo afina y la magistratura gira la llave. Y así se cierra el ciclo en el que los antifascistas acaban acusados, multados, encarcelados y los fascistas salen satisfechos de los juzgados brazo en alto. Y la Generalitat de Catalunya forma parte del juego de esa democracia plena, llena de grietas por las que nos perdemos en su laberinto de injusticia y represión. Lo hace siendo parte de la acusación que hunde la vida de inocentes que se manifestaron por la emancipación de esta histórica institución. Cobardía oculta tras el acatamiento por imperativo legal como excusa para salvar su honor.

Y es denigrante que más allá de tristes representaciones como ausentarse o no aplaudir en ciertos actos en fechas que conmemoran sus victorias, nuestras derrotas, orquestados por quienes taparon el estrangulamiento del atado y bien atado con tramposo lazo de pseudodemocracia monárquica constitucional, nada cambie en este estado sino para empeorar. Hemos pasado de la doctrina del shock a la del electroshock o como le dicen ahora terapia electroconvulsiva para que no convulsione la actual situación insostenible de crisis total y explote. Nos la aplican a modo de lobotomía para someternos a la estática de su falta de estética, picana democrática. 

Estos días se vuelve a hablar en los foros de las concienciadas del síndrome de Sherwood como algo novedoso, tácticas ya conocidas, solo hay que ir a la hemeroteca para ver que ya está casi todo inventado.  Que se lo expliquen a quienes en el 78 no se resignaban a Pactos de Moncloa y constituciones monárquicas españolas y se revelaban manifestándose en las Ramblas y aledaños, algunos tiroteados y muertos. Para eso sirven los medios, para descontextualizar la realidad bajo nuevos viejos epígrafes como terrorismo callejero y violencia extrema que tanto venden, hasta TV3 en una crónica a pie de calle tilda a los manifestantes de jóvenes hostiles. Gravedad de máxima urgencia sin UCI que la atienda. 

Mientras la noticia eran contenedores ardiendo y escaparates de lujo quebrados, en la que el presidente de comerciantes de una calle de lujo bautizó con toda su desvergüenza como noche de los cristales rotos, en una banalización hiriente del nazismo. Mientras el Mayor de los mossos con síndrome de Estocolmo sentado en la furgoneta del Dragón 1, que no sabemos cuan Rapide es, supervisaba una Brigada Móvil que pudo provocar una masacre. Mientras el Conseller d’interior en prime time soltaba que las personas que se manifestaban en un 90 por ciento no sabían porque lo hacían. Mientras tanto seguimos en el efecto túnel sin vislumbrar el final, que no puede ser otro que la ruptura democrática que nos libre del yugo y de las flechas envenenadas de un estado que solo sabe imponerse por la fuerza. 

Y hasta aquí las reflexiones de una antifascista a la que los mossos le podrían haber gritado el pasado sábado roja de mierda, el mismo grito que se oía en dictadura, distinto uniforme mismo lenguaje, sin que salten todas las alarmas. Tan roja como lo fueron quienes los que con su sudor y sus lágrimas me hicieron librepensadora y tan libre como se puede ser en este estado de asfixiante cinismo, en este nuestro reino de detrito.